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Secuelas de la Eurocopa y la Copa América
Recuerdos del torneo europeo, problemas en Estados Unidos y el eterno encanto de un gol ganador.
La columna de esta semana ha sido diseñada como un monumento al capitalismo avanzado, en el sentido de que la labor de escritura de la misma en gran parte se subcontrató, pero me atribuyo el crédito, aun así. Sin embargo, hay dos temas que tal vez surgieron un poco tarde en el mes de las festividades del fútbol pero que, del mismo modo, merecen nuestra atención.
El primero es la partida de Gareth Southgate después de ocho años como seleccionador de Inglaterra, un periodo en el que no solo logró el tipo de éxito que le habría parecido una edad de oro a la mayoría de sus predecesores, sino que consiguió hacerlo aferrándose en gran medida a las absurdas expectativas políticas y sociales que el país deposita en el cargo.
Un aspecto que ha faltado en buena parte de la cobertura sobre la salida de Southgate es el del aburrimiento. Había una presión (comprensible) sobre Southgate por el fútbol que practicaba. Había presión (injustificada) sobre él por sus posturas percibidas respecto a temas sociales. No obstante, también había una presión sobre él porque llevaba mucho tiempo en el cargo y a la gente le gustan los cambios.
Inglaterra no está acostumbrada a tener una selección nacional exitosa. De hecho, Inglaterra no está acostumbrada a tener una selección nacional a la que no la persigan escándalos e indignación. El periodo de Southgate ha sido, en esencia, tranquilo.
El equipo ha trabajado. Los jugadores lo han disfrutado. Pero la falta de dramatismo también ha sido una fuente de frustración, una sensación de que Inglaterra no es tan interesante. No se habían imaginado estos problemas, pero es probable que los hayan exagerado, tanto los medios de comunicación como los aficionados, porque Inglaterra sin ruido es ajena e inquietante y, de algún modo, insatisfactoria.




