General
Esto es lo que aprendí de mi hijo cuando intenté enseñarle fútbol
Tras décadas reportando sobre fútbol, tres meses ayudando a entrenar a un equipo de niños menores de 7 años fueron una revelación.
Hace unas semanas, hubo un problema con el equipo de fútbol que ocupa una cantidad poco saludable de mis pensamientos. Bueno, estrictamente hablando, hubo varios problemas. Uno fue que todos los jugadores, incluido mi hijo, eran menores de 7 años, lo que resulta ser una limitación táctica. Otro fue que me convencieron de ser uno de los entrenadores.
No obstante, lo más urgente era que seguíamos dejando que nos anotaran goles. Goles evitables. Goles tontos. Goles prácticamente regalados al rival, acompañados de una tarjeta muy emotiva.
A nivel técnico, cuando los niños empiezan a jugar fútbol formal en Inglaterra —a los 6 años—, los partidos no son competitivos. No hay tablas de clasificación. Ni siquiera se registran los resultados. Sin embargo, eso no es lo mismo a que nadie sepa cuáles son los resultados. Y era evidente, para cualquiera que supiera contar, que nuestros resultados no eran buenos.
Fue entonces cuando urdí un plan para limitar los daños. Me pareció un plan bastante bueno. Habíamos pasado dos años animando a los niños a jugar al fútbol como se debe jugar. Hacían pases desde atrás. Daban un toque. Confiaban en su técnica para evitar el peligro. Se expresaban.
Pero había quedado muy claro, muy rápidamente, que este enfoque no había sobrevivido al contacto con la realidad. Encajábamos goles a montones porque seguíamos creando problemas para nosotros mismos: regateábamos en nuestra propia área, pasábamos la pelota sin rumbo en medio de un campo congestionado, girando no hacia el espacio libre, sino hacia los problemas. Seguíamos perdiendo partidos. Y aunque se suponía que ganar o perder no importaba, nos preocupaba que, tarde o temprano, los niños empezaran a perder el entusiasmo.




