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El rápido giro en Medio Oriente: de acoger a Asad a manejar el caos
Hace solo unas semanas, las naciones árabes se habían esforzado por volver a acoger a Bashar al Asad, dando por sentado que duraría en ese lugar. Estaban muy equivocadas.
Hace apenas unas semanas, las naciones árabes suníes, encabezadas por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, intentaban que el presidente sirio Bashar al Asad volviera al redil, instándole a romper con un Irán debilitado.
Asad ya había sido invitado a volver a la Liga Árabe, una asociación de naciones de habla árabe de la región, 12 años después de haber sido expulsado por su brutal represión de la oposición siria. Luego, en septiembre, Arabia Saudita reabrió su embajada en Damasco, tras casi una década de relaciones rotas, una muestra de confianza en que Asad estaba allí para quedarse.
Incluso la Unión Europea había empezado a hablar de negociar con Asad para frenar la inmigración ilegal.
Pero Asad dudó en alejarse de Teherán, incluso cuando Irán y Rusia, el otro principal apoyo de Asad —que lo mantuvo en el poder—, estaban debilitados y llegando a sus límites por las guerras en Medio Oriente y Ucrania.
Todavía el sábado, en Doha, Catar, los ministros de Asuntos Exteriores de los Estados árabes, Turquía, Rusia e Irán se reunieron en vano para intentar contener la revuelta contra Asad y evitar el caos que podría producirse con su destitución.




